Comentario diario

¿Es cierto que tu padre bebe?

Una vez que leí aquella frase de Javier Marías en una de sus novelas, se me pegó y ya no pude soltarla, ?el matrimonio es una institución narrativa?. En absoluto se refiere a un pacto de frialdad, quiere decir que hemos nacido para el diálogo, que el vínculo se genera y prospera en y por el diálogo, que los silencios ponen mapas de eternidad entre las personas. Escucho en un podcast a tres periodistas que cuentan lo bien que se lo pasaron en el coche durante un trayecto reciente Madrid – La Línea de la Concepción. 675 kilómetros son muchos kilómetros, y todos los hicieron en conversación ininterrumpida. Porque la traza de los vínculos se expresa en conversaciones que se entreveran como ramajes de un mismo árbol. Lo mismo les pasa a las Misioneras de la Caridad, cuentan sus itinerarios en rosarios, es decir, en la expresión del vínculo con Nuestra Madre. Toda esta historia de narración que es la relación humana es tan verdadera, que no tener conversación es no tener qué decirnos, porque hemos dejado de mirarnos a la cara. Así de triste. Los que no hacen vínculos con el Señor le exigen pruebas, las ovejas que oyen su voz viven recostadas en la calma del vínculo, y a éstas, las pruebas no les hacen falta. De eso tratan las palabras del Evangelio de hoy. Leí hace años una historia del teólogo Dietrich Bonhoeffer que hablaba de la prioridad del vínculo. Una profesora, con gesto de mal agüero y para poner en evidencia a un alumno cuyo padre era un alcohólico conocido de todos, le dice delante de sus amigos, ?¿es cierto que tu padre bebé??, el niño, porque el alumno no es más que un niño, dice que no, y lo dice muy convencido. El teólogo se pregunta quién de los dos ha dicho la verdad, y responde que el niño, porque la verdad no es la adecuación entre un hecho (en este caso un padre alcohólico) y la frase, sino el vinculo de amor entre el niño y su padre. Y por ese vínculo, el niño no puede traicionar a su padre. Entonces, la maestra no tuvo en cuenta esa relación, no actuó en verdad. Pues claro que su padre bebía y se emborrachaba, bastante vergüenza debía pasar el chaval cuando llegaba dando tumbos a casa, pero el amor del niño era mayor, y esa verdad le obligaba a protegerlo de las acusaciones de quien no lo conoce, para quien sólo es ?el padre de un alumno?. Cuando el Señor se dirige a los suyos como a ovejas que conocen su voz, se refiere a esa narrativa que ha roto la distancia. Por eso, la oración no es una obligación, ni un propósito, ni una penitencia, ni una norma, ni un precepto, es una manera de estar feliz en el mundo. Ahora que viene el Papa a España, leo cosas del santo de Hipona, esa ciudad que ya no existe. En sus días finales, san Agustín le pedía al Señor que lo perdonara de todo cuanto había hecho, y lloraba por no haber sabido ser un amigo mejor. Qué distinta es la muerte de Sócrates, el filósofo muere rodeado de sus amigos con una actitud de majestad, de entereza, como quien pronuncia su última lección. En Sócrates no había un vínculo sobrenatural, sólo principios maravillosos que sostenían su vida. En San Agustín había, en cambio, trato, compañía, roce de persona a persona. La amistad es también una institución narrativa, ?sé de ti y tú sabes de mí, y nos contamos lo nuestro?. La verdad no es una exactitud matemática, sino algo más parecido al calor de dos personas que se perdonan y se cuentan sus mil anécdotas. Cuánta verdad hay en el nieto que oye contar por décima vez la historia del abuelo que perdió a su burra una noche de invierno, porque el animal se empeñó en tirar para delante, y se mezcló con la noche y la niebla. Y el nieto escucha absorto el relato como si fuera la primera vez.

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